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miércoles, 14 de diciembre de 2011

Acampada en el Real

[Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny de Kurt Weill en el Teatro Real. © Javier del Real]
De las cuatro óperas compuestas a finales de los años 20 sobre textos de Bertolt Brecht, Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny es, junto a La ópera de los tres centavos, la obra de Kurt Weill (Dessau, 1900 - Nueva York, 1950) que más interés despierta en nuestros días. Estrenada en marzo de 1930, Mahagonny forma parte de un conjunto de títulos escritos por diversos compositores (Hindemith, Krenek, el propio Weill) en la Alemania de Weimar contra el hedonismo consumista generado en la posguerra, aquellos felices años 20 que sirvieron como plataforma para catástrofes aún mayores de las que le precedieron. El crack del 29, con su gran depresión adherida, es posterior al texto de Brecht. Su crítica corrosiva (e ingenua) se lanza pues contra el sistema capitalista en su fase expansiva, no contra los efectos de la crisis.

Con Mahagonny (en versión inglesa) Gérard Mortier hizo su presentación oficial en el Teatro Real, ya que se trata de la primera producción propia del coliseo madrileño bajo su dirección. El intendente belga la puso en manos de Alex Ollé y Carlus Padrissa, esto es, La Fura del Baus, que enfatizaron, si ello es posible, el carácter antisistema de una obra que es en sí pura metáfora de un régimen social corrupto, que aquí se quiere fundado sobre la misma podredumbre, pues la ciudad se levanta sobre un estercolero. La puesta en escena de La Fura prescinde esta vez del componente tecnológico y las proyecciones de vídeo a los que recurren últimamente con frecuencia, para profundizar en la dirección de actores. Las soluciones teatrales del grupo catalán funcionan especialmente bien en el segundo acto, cuando se representa el resurgir ficticio de la ciudad apoyado en los placeres sensuales (comida, bebida, sexo, lucha), y se hacen algo más previsibles en el final, cuando tras la condena que marca bien la demagogia de Brecht (Jim MacIntyre condenado a tres días de cárcel por matar a un amigo y a muerte por beber tres botellas de whisky sin pagarlas), la escena se puebla de una masa humana con pancartas que parecen adelantar las acampadas antisistema de los últimos meses. El mensaje anticapitalista, centrado en la crítica del dinero y las falsas libertades que procura, resulta tan primario y simplista como de costumbre. En eso, sin duda, la vigencia de la obra es absoluta.

A las tópicas obviedades del texto hay que sumar la música reconocible de un Weill tan elemental y hábil con ritmo y melodía como siempre. Lo mejor de la función es la dirección tensa y aristada del granadino Pablo Heras-Casado, que en su debut a lo grande en el Real enaltece la obra otorgándole un tono no lejano al del expresionismo. Del elenco, destacan el encanto, entre lo ligero y lo lírico, de Maesha Brueggergosman y el canto oscuro y noble de Willard White. Jane Henschel, Donald Kaasch, Michael König, John Easterlin, Otto Katzmaier y Steven Humes completan con nota el reparto. Un espectáculo sólido, que ha sido exportado con éxito al extranjero.
[Diario de Sevilla. 3-12-2011]


KURT WEILL (1900-1950): RISE AND FALL OF THE CITY OF MAHAGONNY
ópera en tres actos con libreto de Kurt Weill, traducido al inglés por Michael Feingold

Jane Henschel, mezzosoprano (Leocadia Begbick)
Donald Kaasch, tenor (Fatty, el procura)
Willard White, bajo (Trinity Moses)
Measha Brueggergosman, soprano (Jenny Smith)
Michael König, tenor (Jim McIntyre)
John Easterlin, tenor (Jack O'Brien / Tobby Higgins)
Otto Katzmaier, barítono (Bill, la hucha)
Steven Humes, bajo (Joe, lobo de Alaska)

Orquesta y Coro del Teatro Real
(Orquesta Sinfónica de Madrid - Coro Intermezzo)
Director musical: Pablo Heras-Casado

Directores de escena: Alex Ollé y Carlus Padrissa (La Fura del Baus)
Escenografía: Alfons Flores
Vestuario: Lluc Castells
Iluminación: Urs Schönebaum

Producción del Teatro Real de Madrid

Director de vídeo: Andy Sommer

Subtítulos en inglés, español, francés y alemán
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DVD BEL AIR BAC067 (Harmonia Mundi) [138']
Grabación: Septiembre de 2010



sábado, 2 de abril de 2011

Madrid no es París. Rabassa no es Bach (y España no es Grecia)

En mayo de 2009 tuve la ocasión de entrevistar al director granadino Pablo Heras-Casado al que pregunté  sobre su relación con Gérard Mortier y las reacciones que se habían producido en parte de los medios musicales españoles a causa de la inminente llegada del intendente belga al Teatro Real de Madrid. "[...] Salzburgo es Salzburgo, París es París y Madrid es Madrid, y ya digo que Mortier es una persona muy reflexiva, que sabe perfectamente que las tradiciones y los contextos artísticos son diferentes, y no me cabe la menor duda de que él todo esto lo va a tener en cuenta.", me decía muy juiciosamente Heras-Casado. El primero que pareció tenerlo claro era desde luego el propio Mortier, a quien Madrid le parecía una plaza menos dura que París, acaso un lugar idóneo para un retiro dorado, como los futbolistas que acaban sus carreras en Catar o Los Ángeles.

Pero Mortier carga allá donde vaya con su leyenda de hipermoderno, polémico y transgresor, una leyenda que habría que repasar con cuidado y acaso deconstruir, porque por lo que hemos ido sabiendo se trata más bien de un antimoderno al uso, que desprecia sin complejos la ciencia y la tecnología de nuestro tiempo, como demuestra su recurso al brujo homeópata de la tribu y su desdén hacia el uso de los ordenadores. Con su vida privada, el señor Mortier puede hacer por supuesto lo que le plazca sin que ello deba de interferir para nada en su actividad pública, un ámbito en el que, en cualquier caso, no para de pisar charcos desde que llegó. Los truenos, contenidos, estallaron por fin el pasado 15 de marzo, en la presentación de la temporada 2011-12 del Teatro Real, la primera que ha diseñado el ejecutivo belga en su totalidad; y no tanto por la programación en sí, que ha sido generalmente machacada sin piedad, aunque también haya encontrado algún defensor, sino por las opiniones vertidas por Mortier en el acto sobre el repertorio y los intérpretes españoles. Su desdeñosa consideración sobre el patrimonio musical español ya la conocíamos por una jugosa entrevista publicada por Scherzo en septiembre pasado, pero la andanada contra los cantantes españoles (que no saben distinguir, según él, a Puccini de Verdi y necesitarían una Academia para formarse) era nueva, y tan ridícula, que uno siente vergüenza ajena al escucharla. Hubo un Manifiesto de rechazo, aunque si los cantantes españoles querían defenderse casi lo mejor habría sido colgar en youtube esa parte de la intervención de Mortier. Ahí lo tienen: un tipo que llega para dirigir el Teatro Nacional de la Ópera de un país de 45 millones de habitantes, con una descentralización política como no existe en toda Europa, con decenas de centros de formación musical superior y que no solo piensa que sus cientos (¿miles?) de cantantes profesionales no saben "distinguir a Verdi de Puccini", sino que tiene el cuajo de decirlo públicamente delante de quienes lo contrataron, y no pasa nada. Madrid no es París. Desde luego.

El asunto del repertorio español no deja de resultar relevante. En la señalada entrevista para Scherzo, Mortier, para defenderse de su absoluto desconocimiento sobre el particular (aunque dice conocer muy bien a algunos músicos actuales; bueno, él dice "todos", pero eso es imposible, ya me entienden...) llegaba a afirmar que en realidad las buenas partituras no se pierden casi nunca, y que si no han llegado óperas españolas del siglo XIX por algo será. Un argumento muy científico. Lo cierto es que sobre el repertorio español pesan muchos prejuicios que en muchos casos hemos construido nosotros mismos. Durante mucho tiempo pareció que pasado el Siglo de Oro de la polifonía, en España no volvió a escucharse una obra musical digna de tal nombre hasta que aparecieron Albéniz y Falla. Cuando en enero pasado la Orquesta Barroca de Sevilla ofreció en una gira de conciertos una serie de obras de Pedro Rabassa, maestro de capilla de la Catedral de Sevilla en el siglo XVIII, fue muy normal leer en foros y blogs comentarios desdeñosos acerca de sus obras (ya saben, del tipo: sí, vale, que las rescaten, pero que la guarden en un cajón), en algunos casos realizados por tipos que ni siquiera habían asistido a los conciertos. No. Rabassa no es Bach. Rabassa es Rabassa. Rabassa componía su música en un contexto diferente al de Bach, apoyándose en una tradición diferente a la de Bach y dirigida a un público diferente al de Bach. Y Dios me libre de tratar de saldar la cuestión con argumentos relativistas. Lo que llevo escuchado de la música de Rabassa (otro disco anterior al concierto de la OBS y un oratorio que escuché en una Semana de Cuenca hace unos años) lo colocan artísticamente por debajo de Bach y de los más grandes talentos de la música barroca europea, pero: 1) De los grandes del Barroco conozco muchísima más música que de Rabassa; 2) los grandes son incomprensibles sin un contexto de autores no tan dotados pero que nutrieron de música de calidad (funcional: en el XVIII toda la música era funcional) a la sociedad de su tiempo; y 3) la música de Rabassa (como la de otros muchos compositores españoles que empiezan a llegarnos sobre todo a través del disco) es en sí misma muy disfrutable y no entiendo por qué razón hay que renunciar a ella por el hecho de que existan también Bach, Haendel y Zelenka. Que esta opinión denigratoria del repertorio histórico español sea difundida por dilettantes, ignorantes e izquierdistas de salón a la violeta es asunto menor, pero que la defienda públicamente el ejecutivo mejor pagado por los españoles para que se ocupe de uno de los centros de difusión musical más importantes del país es desde luego chocante. Hombre hombre...

Como en el caso de Mortier, los prejuicios también alcanzan en la música antigua a los intérpretes patrios e incluso a los musicólogos. Si no, vean este reportajito de El País a cuenta del Victoria que Michael Noone hará en Cuenca. Queda claro, ¿no? Si no llega a ser por un australiano y por el dinero chino, en España no sabríamos no ya quién es Rabassa, sino ni siquiera quién es Tomás Luis de Victoria. Pásmense. A cuenta de este asunto, se ha montado en los últimos días un buen pitoste en las redes sociales, y Emilio Moreno, como presidente de Gema, la Asociación de Grupos Españoles de Música Antigua, reaccionó publicando ayer en la web de la asociación una carta abierta dirigida al redactor de la información (imagino que se habrá mandado también a El País, cuya Defensora del lector, me consta, recibirá alguna otra de contenido similar). Conozco a muchos de los músicos que en las últimas horas se han mostrado indignados en el Facebook con el asunto, es más, soy amigo de algunos de ellos, y, aunque creo que tienen por supuesto motivos para sentirse decepcionados e incluso irritados, me choca esa pizca de histeria que se detecta en muchos comentarios. Al fin y al cabo, el joven Verdú solo se hace eco de la dejadez absoluta en que, es denuncia conocida de muchísimos músicos y grupos españoles, las administraciones públicas tienen a nuestros intérpretes y nuestro repertorio. Que unos chinos y un australiano se pusieran a tiro, gracias, qué curioso, a un Festival español, es solo una anécdota.

Ah, que se me olvidaba: España no es Grecia.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Katia entre las aguas

[Katia Kabanova de Janáček vista por Robert Carsen en el Teatro Real de Madrid]
En la historia de la ópera el caso del compositor checo Leoš Janáček (1854-1928) resulta extraordinariamente singular y aleccionador. Janáček pasó la mayor parte de su vida aislado en su Moravia natal, ajeno a las corrientes dominantes del arte europeo, despreciado por la sociedad y la cultura germanófilas de su entorno, y pese a ello alcanzó a desarrollar un lenguaje de una modernidad tal que aún hoy desafía al oyente. Interesado por el folclore de su tierra natal, Janáček se confesó en muchas ocasiones obsesionado por el ritmo natural del lenguaje hablado, por la cadencia y la prosodia de la palabra. Su obra operística supone una búsqueda constante en torno a la idea de cómo la articulación musical del habla común puede usarse como vehículo ideal para penetrar en el alma del ser humano.

En el fondo, esta postura estética supone una vuelta a los orígenes de la ópera, cuando la música se concebía como una herramienta al servicio de la palabra. Aquel estilo recitativo, aquel cantar parlando de Monteverdi y sus contemporáneos, que de una u otra forma se había revitalizado ya en la obra de Mussorgsky, Wagner o en el Pelléas et Mélisande de Debussy, adquiere en Janáček una entraña casi moral, pues para el checo sólo parece lícito penetrar en el mundo de las pasiones humanas a través de un ejercicio de despojamiento que hace del habla la única fuerza capaz de abrir y explorar los corazones.

Desde la tempranera Jenufa, Janáček va así desarrollando un estilo de drama musical que se dirige a lo esencial, tanto desde el punto de vista de la forma como de la expresión. Sus obras atienden a dramas íntimos pero universales desde una perspectiva eminentemente realista, lo que no significa siempre un naturalismo descarnado, pues se trata de piezas llenas de sugerencias poéticas, que fueron magníficamente atrapadas por Robert Carsen en su puesta en escena de Katia Kabanova, ópera en tres actos de 1921, para la Ópera Flamenca de Amberes que en diciembre de 2008 llegó al Teatro Real de Madrid, donde se hizo la filmación que ahora oferta el sello FRA.

Katia Kabanova está basada en una obra del escritor ruso Alexander Nikoláievich Ostrovski ambientada a orillas del río Volga, y Carsen aprovecha este hecho para hacer del agua, de la luz (predominantemente, azul) y de sus reflejos parte fundamental de su audaz y sugestiva propuesta, que combina la belleza puramente visual, que tiene mucho que ver con el tratamiento del color y la desnudez escénica, con una profundidad dramática trabajada al detalle tanto en las escenas de masa como en las más íntimas. La partitura, de extraordinaria sutileza orquestal, es defendida admirablemente por Jiří Bělohlávek y unos solistas que domina imponente la finlandesa Karita Mattila, que hace un retrato desgarrador de la protagonista. Miroslav Dvorský como apasionado Boris, Guy De Mey como apocado Tichon, Dalia Schaechter como castradora Kabanicha y Natascha Petrinsky como sensual Varvara forman parte también del elenco para completar un espectáculo hecho para conmover igualmente el intelecto y las emociones.
[Diario de Sevilla, 4-12-2010]


LEOŠ JANÁČEK (1854-1928): KÁT'A KABANOVÁ
ópera en tres actos, con libreto del compositor a partir de La tormenta, drama de Aleksandr Nikoláyevich Ostrovsky

Oleg Bryjak, bajo-barítono (Dikoj)
Miroslav Dvorský, tenor (Boris)
Dalia Schaechter, mezzosoprano (Kabanicha)
Guy De Mey, tenor (Tichon)
Karita Mattila, soprano (Katia)
Gordon Gietz, tenor (Kudrjaš)
Natascha Petrinsky, mezzosoprano (Varvara)
Marco Moncloa, barítono (Kuligin)
Itxaro Mentxaka, mezzosoprano (Glaša)
María José Suárez, mezzosoprano (Fekluša)


Coro y Orquesta Sinfónicos de Madrid
Director del coro: Peter Burian
Director musical: Jiří Bělohlávek


Director de escena: Robert Carsen
Escenografía y vestuario: Patrick Kinmonth
Iluminación: Robert Carsen y Peter van Praet
Coreografía: Philippe Giraudeau


Una producción de la Vlaamse Opera de Amberes


Dirección del vídeo: François Rousillon


Subtítulos en inglés, francés, alemán, español e italiano
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FRA MUSICA FRA 503 (Harmonia Mundi) [c.108']
Grabación: Diciembre de 2008