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sábado, 24 de diciembre de 2011

Otra vuelta a Haydn

[La OBS con Christophe Coin durante la grabación del disco]
Reciente aún su Premio Nacional de Música, la Orquesta Barroca de Sevilla acaba de poner en circulación dos nuevas referencias discográficas. La segunda de ellas (por orden estricto de salida al mercado), inscrita dentro del proyecto Atalaya y dedicada a quien en el siglo XVIII fuera maestro de capilla de la Catedral de Sevilla durante casi cuarenta años, el barcelonés Pedro Rabassa, será presentada próximamente y entonces habrá tiempo de dedicarle unas líneas. Pero para la expansión internacional del nombre de la orquesta acaso tenga más importancia la primera, un trabajo excepcional con el que la OBS vuelve al compositor con el que hizo sus primeras armas discográficas, Joseph Haydn (qué lejanas quedan ya aquellas Siete palabras publicadas por el sello Lindoro).

La comparación entre ambos registros es oportuna porque sirve para apreciar el camino recorrido por el conjunto en poco más de una década, ese que justifica de sobra su prestigio actual y sus galardones. Primero, en los aspectos puramente materiales, como el diseño del producto final o la toma de sonido, que han pasado de lo primario a lo excelente. Segundo, y más importante, en la propia entraña musical: si aquella grabación servía para presentar a un conjunto entusiasta, brioso y competente, que mostraba una potencialidad de crecimiento indudable, esta ofrece ya el perfil de un grupo maduro, asentado, con un fraseo que se ha hecho de una exquisitez soberbia, un empaste irreprochable y una calidad individual por atriles que no tiene nada que envidiar a ningún conjunto europeo de sus mismas características.

El trabajo con Christophe Coin, uno de los grandes especialistas actuales en Haydn, ha hecho que la OBS encuentre un perfecto punto de equilibrio entre la redondez sonora y el dramatismo musical, entre la conjunción de las partes y la excitación de los contrastes. En materia de articulación, fraseo y ataques no se encuentra aquí la incisiva extremosidad de algunos de los grupos alemanes más activos y reconocidos en este repertorio (Barrocos de Friburgo, Akademie de Berlín), sino una visión mucho más moderada, que integra la tradición apolínea de las orquestas clásicas con los claroscuros y la teatralidad que aportaron desde los 80 los conjuntos historicistas, sin perder de vista ni la naturaleza superficialmente apacible de estas músicas ni su variada y honda trama de recursos antiguos y modernos manejados por el compositor.

El repertorio incluido en el CD es otra de las importantes bazas que juega la OBS, pues estas sinfonías de Haydn, que incluyen partes obligadas para violonchelo, las número 13, 31 y 36 de su catálogo, escritas casi con total seguridad entre 1762 y 1765, no son demasiado comunes en el repertorio de los conjuntos especializados. Son obras en las que los principios concertantes están muy presentes, lo que permite no solo el lucimiento de un Christophe Coin de esplendoroso sonido, cálido y profundo, sino también el del concertino, Pablo Valetti esta vez, el de la flauta, Guillermo Peñalver, o el de los trompistas, nada menos que cuatro para la muy peculiar Sinfonía nº13.
[Diario de Sevilla. 10-12-2011]


FRANZ JOSEPH HAYDN (1732-1809): SINFONÍAS CON "VIOLONCELLO OBBLIGATO" 13, 31 Y 36
Orquesta Barroca de Sevilla (concertino, Pablo Valetti)
Solista y director: Christophe Coin

1. Sinfonía nº13 en re mayor Hob.I.13
2. Sinfonía nº31 en re mayor Hob.I.31
3. Sinfonía nº36 en mi bemol mayor Hob.I.36
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OBS PROMETEO OBS-005 (Diverdi) [75'08'']
Grabación: Octubre de 2010


Haydn: Finale (Moderato molto) de la Sinfonía nº31. [10'09''] OBS. Coin.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Contrapunto y retórica en las sonatas de Bach

[Pablo Valetti durante un ensayo con la Orquesta Barroca de Sevilla. © Alicia Robles]
El siglo XVII es conocido a menudo en música como "el siglo del violín". A finales de la centuria anterior, violeros del norte de Italia trabajaron con denuedo en mejorar la robustez y estabilidad del instrumento, refinando y equilibrando su sonido. Intérpretes y compositores, vinculados en principio a los conjuntos municipales de ciudades como Brescia o Cremona, hicieron el resto: los violines empezaron a sustituir a las cornetas, las flautas y las violas como primera opción para tocar las voces agudas. Su prestigio se extendió pronto por toda Europa, incluyendo la siempre hostil Francia (Les ving-quatre violons du roi se crean en 1614). En Italia el violín era un instrumento melódico, pero en Alemania, gran campo de experimentación de la música de la época, el lugar donde llegaban y se fundían todas las grandes tradiciones europeas, este sentido lírico iba a compartir espacio con la polifonía y el contrapunto. Resulta interesante comprobar cómo las primeras colecciones publicadas para el violín solo aparecen en tierras del imperio: Walther, Westhoff, Pisendel, Biber (su soberbia Passagalia que cierra las Sonatas del Rosario). Su culminación, obviamente, se produce con Bach y sus Sonatas y partitas para violín solo.

La grandeza de Bach no consiste en su poder de innovación, ciertamente reducido, sino en su capacidad para elaborar la gran síntesis entre la polifonía clásica heredada de los flamencos y la nueva armonía tonal en la que tanto se habían esforzado los italianos. Bach toma el género sonatístico directamente de Corelli, que había puesto orden en el estilo rapsódico y bizarro de los violinistas italianos del XVII dando forma y coherencia a la escritura instrumental, pero lo hace para enriquecer la tradición italiana con el sentido polifónico que se había seguido cultivando en el Imperio. Puede tomarse la colección de sonatas para clave y violín BWV 1014-1019: no nos encontramos aquí en el ámbito de la habitual escritura para violín acompañado, que era ya tradicional en Italia, sino en el terreno de la polifonía, de la sonata en trío si se quiere, aunque la visión que Bach tenía de la forma era algo distinta de la de los músicos italianos, que hacían dialogar a dos voces superiores sobre el bajo. Para Bach, las tres voces tienen la misma importancia, intercambian sus papeles, son alternativamente melódicas y acompañantes o simplemente forman una textura en tres partes de igual relevancia.

En tres días hemos tenido la oportunidad de escuchar en un mismo espacio (la Iglesia de los Terceros de Sevilla) dos planteamientos diferentes de esta misma música. El lunes Pablo Valetti y Céline Frisch volcaron su interpretación del lado del contrapunto. Lo importante es apreciar cómo Bach trabajó las tres voces, cómo las va trenzando y destrenzando, sus juegos puramente musicales, y todo lo demás es superfluo, parecieron decirnos. Ayer, Raúl Orellana y Davide Merello operaron en dirección contraria: vale la pena entender que esta música tenía un sentido retórico muy preciso, que pretendía mover los afectos del oyente, vinieron a contarnos. Por eso, Valetti y Frisch buscaron el equilibirio entre las partes, lo que exige un dominio del clave sobre el violín, mientras que Orellana y Merello parecieron menos preocupados por la transparencia de la polifonía y optaron por una visión más ornamental, más lírica y extravertida, una visión en la que se privilegió el instrumento de cuerda. Sabemos que Bach dominó y cultivó en igual manera retórica (¿no está su música religiosa llena de madrigalismos y de affetti?) y contrapunto. La emoción y el intelecto. Las formas musicales puras y las contaminadas por el sentimentalismo. En un extremo o en el otro o en cualquier punto a lo largo de la línea que éstos marcan, Bach es siempre un milagro.