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martes, 14 de mayo de 2013

Situación crítica

El pasado 20 de diciembre se anunciaba que la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía y los ayuntamientos donde radican las cuatro grandes orquestas andaluzas habían acordado formar un comité técnico para “estudiar soluciones” a la delicada situación por la que pasan los conjuntos, que acumulan años de recortes en sus dotaciones presupuestarias. Nadie plantea que cuatro orquestas de esas características sostenidas con fondos públicos son demasiadas para nuestra región y que la decisión de crearlas hace algo más de veinte años fue un error de imprevisión que no hay quien se atreva a corregir mediante dolorosas amputaciones.

El retraimiento del dinero público está generando ya en Andalucía un replanteamiento serio de los modelos de gestión no solo en las orquestas, sino en los principales teatros y festivales de la comunidad. Los recortes en gastos comunes y en salarios parecen en la mayoría de los casos llegados al límite de lo que pueden soportar las instituciones sin desfigurar completamente la finalidad de su existencia. Así que han empezado a sondearse otro tipo de estrategias. Por un lado, se acrecienta la búsqueda de apoyo financiero privado y la explotación de los recursos propios: los buenos resultados obtenidos en los últimos años por el Teatro de la Maestranza de Sevilla es un buen ejemplo de que hay aún espacio para moverse en este terreno. Por otro, se hace un esfuerzo por llegar a un público más amplio, y aquí es donde no siempre el ideal del equilibrio presupuestario coincide con el artístico. Es evidente que teatros, orquestas y festivales no pueden vivir de espaldas a la sociedad que los sustenta, pero entre sus responsabilidades se cuenta también la de guiar a esas mismas sociedades ofreciendo productos que reflejen la evolución y la innovación en el campo artístico que les es propio. Carecería de sentido invertir decenas de millones de euros anuales en instituciones que se limitasen a repetir año tras año el abecedario del repertorio musical y operístico. Nuestras orquestas y teatros no pueden convertirse en meros hilos de transmisión de los clásicos populares.

Y riesgo empieza a existir de que eso ocurra. Las programaciones más audaces han ido cediendo terreno en toda Andalucía de forma clamorosa. Lo raro (que muy a menudo es lo moderno) se confina en guetos. El Teatro de la Maestranza y la Sinfónica de Sevilla son también en este sentido un ejemplo palmario. La región ha perdido además en 2012 a uno de sus altavoces musicales más inquietos de los últimos quince años: el Teatro Villamarta de Jerez, que ofreció salida tanto a los jóvenes artistas de la comunidad como a productos no siempre mayoritarios, se ha quedado sin programación propia. El colapso financiero del Ayuntamiento jerezano, unido a la nula atención que le prestó la administración autonómica, ha derivado en esta situación lamentable.

Otros riesgos asociados se ciernen sobre los grandes proyectos musicales de Andalucía, al menos sobre el nivel de excelencia que algunos llegaron (o aspiraban) a conseguir. Aireadas este mismo año con intolerable afán demagógico las retribuciones de Pedro Halffter, director artístico del Maestranza y de la ROSS, no tranquilizan demasiado las declaraciones de algunos responsables políticos que, ajenos al hecho musical, piensan que se pueden seguir recortando indefinidamente los emolumentos de los artistas sin que eso afecte a la calidad del producto final. Parece como si los músicos debieran pedir perdón por el sueldo que se ganan con su trabajo. Pero en arte, como en todo, la alta calidad tiene un precio, y solo hay que decidir si estamos dispuestos a pagarlo. Las contrataciones de nuestras orquestas en directores y solistas invitados se están viendo ya muy afectadas. El provincianismo acecha y a su sombra la más absoluta inanidad.

Mientras, el sector privado lleva meses de irritación, que ha invertido en airadas críticas al gobierno por el aumento del IVA para los espectáculos al 21%, un incremento sin duda grave e inconveniente, que coincide con la supresión de los Circuitos andaluces y con la contracción del presupuesto para ayudas a giras y producciones de la Consejería de Cultura, lo que ha ocasionado incluso cierres empresariales, pero el sector no termina de entender que sus males vienen de lejos, que no se reducen a la subida del impuesto y que el proteccionismo de antaño es inviable hoy en día. Por suerte, subsisten iniciativas con prestigio como la de la Orquesta Barroca de Sevilla, que ha conseguido aunar apoyos para una temporada unificada en la capital, aunque el conjunto sigue limitado por su insuficiente proyección exterior. A su lado, surgen otras nuevas, como la de la Accademia del Piacere, triunfante en medio mundo con su fusión de Barroco y flamenco, y apuntan algunas ideas interesantes en el terreno de la edición y la organización de eventos, aunque de momento se muestran aquejadas de un esclerótico raquitismo. La música se tambalea en toda Andalucía. Pasados los lustros del crecimiento desordenado, ahora toca el de la crisis. Crisis es cambio. Y no todo cambio tiene que ser a peor.

(Publicado en el Anuario del Grupo Joly, 2013)

sábado, 21 de julio de 2012

La burbuja musical y el IVA

[El Palau de Les Arts Reina Sofía de Valencia, ejemplo superlativo de la burbuja musical española.]
A fecha de hoy, la AEOS (Asociación Española de Orquestas Sinfónicas) agrupa a 28 conjuntos, la mayoría de los cuales no llega a los 30 años de vida, y prácticamente todos fueron creados y son sostenidos por las instituciones públicas. Si se dejan al margen algunas formaciones históricas, como las Sinfónicas de Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia y Navarra, la ONE o la Orquesta de RTVE, todas las orquestas españolas se han creado después de 1980, la mayoría a finales de esa década y principios de la siguiente. En muchas ocasiones, estas orquestas nacieron como refundaciones de conjuntos anteriores, que casi siempre tenían un carácter cercano al amateurismo. En España hay otras orquestas no afiliadas a la AEOS (entre ellas, una de relieve, como la Filarmónica de Málaga, cuya ausencia me resulta enigmática), pero la mayoría son conjuntos semiprofesionales que en cualquier caso comparten con las asociadas su juventud. Extrema juventud cabría decir si se compara con el movimiento sinfónico internacional. Pues lo sorprendente del caso español es que esta prodigalidad en la creación de agrupaciones sinfónicas tuvo lugar cuando el sinfonismo había entrado ya en crisis en buena parte del mundo.

Y no fueron solo orquestas sinfónicas. El desarrollismo español de la segunda mitad de los 80 trajo un florecimiento extraordinario de infraestructuras, programas, asociaciones, conservatorios, escuelas y grupos de todo tipo vinculados a la música culta. Todos nos felicitamos por ello. El problema básico es que este crecimiento exponencial, que dejaba atónitos a muchos insignes visitantes, no contaba con un suelo demasiado sólido sobre el que cimentarse, y los ajustes a la realidad están resultando dramáticos. Muchos lo advirtieron. Esa proliferación de auditorios, teatros, orquestas y festivales, sujetos casi en el 100% de los casos al presupuesto público, sería insostenible en el tiempo si no se creaba la demanda suficiente en capas de la sociedad más amplias que las que en aquellas fechas consumían ese tipo de espectáculos. En el mejor de los casos, puede pensarse que todo fue producto de un exceso de optimismo. O de una inflación del crédito. Pues una burbuja no es otra cosa que eso. Hemos estado viviendo en muchas burbujas interconectadas, de las que la inmobiliaria ha sido solo la más visible. Sí, en efecto, hemos vivido, como sociedad (que individualmente la casuística es amplísima e irreducible a reglas claras), por encima de nuestras posibilidades (por más que haya muchos que se tomen esta formulación a risa). Esto es, hemos vivido por encima de nuestro nivel real de producción. Hemos vivido del crédito. De la confianza en nuestra capacidad de producir bienes y servicios suficientes para cubrir las inversiones y los gastos. Pero la bola creció y creció hasta que alguien dudó de nuestra solvencia e hizo que la(s) burbuja(s) estallara(n). También en la música. Las últimas dos décadas han sido años de vivir musicalmente a todo tren, pagando cachés que los artistas invitados no cobraban ni en los más prestigiosos y ricos escenarios del mundo, acogiendo proyectos que ni las sociedades más desarrolladas se atrevían a asumir, inflando las redes de auditorios y teatros sin la más mínima previsión sobre sus necesidades de mantenimiento y programación futuros (cada alcalde de cada pueblo quería tener su teatro y su técnico en programación). Gastamos, gastamos y gastamos. Pues bien, ha llegado la hora de pagar.

Otra forma de crecimiento, más racional, más responsable, pero también, obviamente, más lenta era posible. Ya da lo mismo. Esas infraestructuras se han hecho, se han creado, y ahí están. Por el camino, millones de personas se han beneficiado de ellas, y si se toman las decisiones adecuadas, muchas seguirán funcionando, aun a un ritmo menor, y otras podrán volver a utilizarse en un futuro más o menos cercano. Pero es época de contracción, y no queda más remedio que adaptarse y seguir adelante, espero que aprovechando las enseñanzas de la crisis. No imagino un futuro para España que no pase por la austeridad y el sacrificio. La realidad nos ha embestido. Y no hay alternativas. No tengo ni los conocimientos ni los datos suficientes para saber si los sectores escogidos por el Gobierno para aplicar los recortes son los más idóneos o no. Y lo mismo puedo decir de la subida de impuestos. Solo puedo confiar en los técnicos del Ministerio de Hacienda, que desde luego saben mucho más que yo.

Saben perfectamente que recortar inversiones, ayudas y subvenciones y subir impuestos (donde sea y a quien sea) provoca en un primer momento contracción del consumo y paro. Pero el problema es de deuda y de liquidez (por eso nos han subido también a los autónomos la retención del IRPF, lo que supone para la hacienda pública disponer de más dinero a corto plazo, pero menos cuando llegue la hora de la declaración de la renta), y no parece que sea factible salir del atolladero mientras no se consiga una financiación razonable de esa deuda. Luego están los intangibles. Estos últimos 20 años de crecimiento en infraestructuras y programas vinculados a la música culta lo han sido también de la formación de un público. Por más que en materia de difusión y divulgación creo que no se ha hecho lo suficiente (la pata escolar sigue cojeando de forma muy dolorosa, la inmensa mayoría de los medios de comunicación han ido abandonando progresivamente y de forma vergonzosa su imprescindible labor didáctica y la comunicación sigue siendo la pariente pobre de demasiados festivales y certámenes), no puede negarse que la prosperidad económica permitió a mucha gente derivar más dinero y tiempo a la cultura, y que eso, unido al incremento espectacular de la oferta, facilitó la creación de hábitos de escucha en un sector de la población no mayoritario, pero en absoluto despreciable. Esa realidad está en peligro. Pues, por mucha palabrería trascendente que se utilice, todos sabemos que lo que llamamos "cultura" no es un producto de primera necesidad, y además su consumo puede realizarse cómodamente desde casa y a un precio asumible por cualquiera (sí, pásmese, amigo socialdemócrata, el mercado ha democratizado la cultura). Es muy posible que quien antes asistía a dos conciertos, ahora pague solo por uno y el otro lo vea sentado tranquilamente en su salón (ayer, sin ir más lejos, Medici TV ofreció en alta definición, riguroso directo y gratis la inauguración del Festival de Verbier). En esta coyuntura, el paso del IVA reducido al general para los espectáculos escénicos resulta un problema añadido.

Supongo que es una medida temporal, que busca la liquidez inmediata. Y supongo que habrán hecho sus cuentas. No tengo argumentos ni conocimientos suficientes para juzgar si ese objetivo es realista y no provoca un daño mayor del que se pretende solucionar. No lo sé con certeza, aunque tenga mis intuiciones y mi opinión. Solo sé que de momento nos afecta a todos los que trabajamos en la cultura de la escena o en su entorno, más a los más débiles y desprotegidos (pero esto es siempre así, con toda crisis, y me parece algo por completo inevitable). Y que puede provocar pasos atrás graves en esos intangibles de la formación de públicos, de la creación de hábitos que luego cuesta años o décadas recuperar. No dispongo de información ni de datos para saber de cuánto dinero estamos hablando, de qué incremento de la recaudación supondrá esta medida, pero si con toda la subida del IVA se pretende recaudar 22 mil millones de euros más hasta 2014, no creo que la subida específica aplicada a los "productos culturales" compense sus daños colaterales. [El debate sobre qué entendemos o deberíamos entender por "productos culturales" es interesantísimo, pero mejor lo dejo para otra ocasión: de momento entiéndaseme que en "producto cultural" entra lo mismo una proyección de Nosferatu de Murnau con música del Cuarteto Casals en directo que Torrente 18 y 1/2, un Wozzeck que una fiesta rave.]

Otra cosa es la histeria y la demagogia que la subida del IVA ha provocado en mucha gente. Esta carta abierta del Consejero andaluz de Cultura es de un oportunismo bochornoso, este manifiesto me resulta ambiguo e innecesariamente verborrágico, y este otro, del que de momento solo encuentro la noticia, cargado de excesos terminológicos ("despótico", "caprichoso"), de demagogia y hasta de cursilería (la cultura como parte del "desarrollo afectivo" del individuo; si no me lo dicen, no lo sé; debe de ser que en Inglaterra, donde los espectáculos culturales soportan un 20% de IVA, hace mucho que se quedaron sin afectos).

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Actualización (20.30): ¿Este es el manifiesto?
Manifiesto de periodistas culturales
¿Y quién les ha dicho a estos que pensar se convierte en un lujo por la subida del IVA? ¿Por qué prodigioso mecanismo de la conciencia han llegado a una conclusión tan estrafalaria?