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lunes, 27 de junio de 2011

Encrucijada

[El Tannhäuser de Werner Herzog en el Maestranza (producción tristemente destruida) © Guillermo Mendo]
Corren malos tiempos para la lírica. El conjuro no funcionó. Por más que hace justo un año los responsables del Teatro de la Maestranza evitaran pronunciar su nombre, la crisis le está golpeando con dureza, poniendo en riesgo un proyecto relanzado con las importantes obras de ampliación del coliseo terminadas en 2007. En solo dos años el presupuesto de programación se ha reducido en casi un 40%, de los 5,3 millones de euros de la temporada 2009-10 a los 3,2 de la próxima.

En época de ajustes drásticos era inevitable que los recortes llegaran a la cultura y acabaran afectando incluso a las instituciones privilegiadas por el sector público por su carácter estratégico. El problema no es obviamente solo del Maestranza, ni de España: son muchos los proyectos musicales que se tambalean, tanto en Europa, con su modelo predominante de subvención (o inversión) institucional, como en Estados Unidos, donde domina el mecenazgo privado, que no ha podido evitar la desaparición en los últimos meses de un buen puñado de orquestas sinfónicas (de Honolulú a Nuevo México o Siracusa), mientras otras, algunas incluso verdaderamente históricas, como la de Filadelfia, pasan por serios apuros.

Lo que está en juego en el caso sevillano no es tanto la supervivencia del Maestranza, algo que parece fuera de toda duda razonable, cuanto la continuidad y crecimiento de un proyecto reconocible, capaz de poner a Sevilla en el mapa lírico internacional. El Maestranza acaba de cumplir 20 años. Nació casi como un receptáculo de contenidos ajenos a la propia ciudad, pero enseguida esta los hizo suyos. A José Luis Castro tocó la tarea de recuperar la histórica tradición operística hispalense, quebrada bruscamente en los años 50 del pasado siglo. Y lo hizo, con no muchos medios, a través de un repertorio básico y anteponiendo calidad a cantidad, lo que favoreció el surgimiento de una afición que muchos consideraban extinta.

Consolidada la apuesta por espectáculos asimilables a los que podían verse en los grandes teatros occidentales, hacía falta ensanchar la propuesta, y ello en un doble sentido: incrementando el número de títulos presentados anualmente y estirando el repertorio hacia sus extremos barroco y contemporáneo. Ese horizonte requería una más generosa inversión, que fue lo que se encontró Pedro Halffter a su llegada a la dirección artística del teatro en 2004. Con más medios, Halffter estuvo en disposición de diseñar una programación más audaz, que supuso la apuesta por obras no demasiado conocidas, que en algunos casos eran estrenos en España. Así, subieron a las tablas del Maestranza Lulú de Berg, El sonido lejano de Schreker, Doktor Faustus de Busoni, El enano y Una tragedia florentina de Zemlinski o La mujer silenciosa de Strauss. Paralelamente, la apertura a lo antiguo trajo el Julio César de Haendel, la Partenope de Vinci y ha convertido en habitual la presencia de la Orquesta Barroca de Sevilla en la temporada del teatro.

Es ese proyecto el que la crisis ha puesto en serio peligro. No ya solo el número de títulos ofrecidos (6 de ópera representados en la sala principal, además de 3 más en versión de concierto, y 2 representados en la Manuel García, en la 2009-10; 4, 2 y 0, respectivamente, para el año 2011-12), sino la novedad de las propuestas (el recurso a las reposiciones se ha hecho ahora necesario) y la audacia en la elección de los montajes y las obras. Hay menos dinero, pero la calidad y el repertorio deberían ser ya conquistas irrenunciables del teatro. Es un mal asunto que la dirección artística caiga en un populismo que puede terminar haciendo el producto del Maestranza indistinguible del de tantos otros centros provincianos.

Para evitarlo se impone desde luego un cambio en el modelo de financiación, con un peso cada vez mayor del patrocinio privado que venga a sustituir compensar el retraimiento del dinero público. Una ley de mecenazgo ayudaría, pero también el mantenimiento de un proyecto que haga atractiva la inversión, vinculando la marca del Maestranza con la modernidad, la originalidad, la innovación, la polivalencia, la flexibilidad, el talento. Valores que cotizan en el mercado del futuro.
[Diario de Sevilla. 26-06-2011]

viernes, 29 de abril de 2011

Esplendores sinfónicos

[Claudio Abbado con la Orquesta Simón Bolívar en el Maestranza. © Antonio Pizarro]
La Orquesta Sinfónica de Sevilla había debutado ya en enero en el Teatro Lope de Vega y desarrollaba su primera temporada en la Sala Apolo. El 2 de mayo de aquel 1991 su destino se cruzó por primera vez con el Teatro de la Maestranza. Fue en el concierto inaugural del coliseo del Paseo Colón, el que habría de ser su espacio natural en el futuro. El Preludio de El tambor de granaderos de Ruperto Chapí se convirtió en la primera obra que sonó en concierto público en la gran sala maestrante, acaso homenaje a su pasado como cuartel de artillería.

Siguieron años de pequeñas tiranteces y desencuentros entre orquesta y teatro, especialmente a cuenta de los calendarios, hasta que en 2005 la elección de una gerente y un director artístico comunes a ambas instituciones pareció encauzar sus relaciones hacia una más plácida coexistencia. En realidad, la orquesta (convertida en Real desde 1995) siguió su trabajo cotidiano en el exilio de la sala Apolo hasta la reciente ampliación del teatro, que vino acompañada de una (insuficiente) sala de ensayos.

Es difícil exagerar la importancia de la creación de un conjunto como la ROSS en la vida cultural de Sevilla. Hasta 1991, la voluntariosa Bética Filarmónica cubría con entusiasmo las necesidades de los melómanos sevillanos en materia sinfónica. Sus modestas prestaciones llenaban el hueco con dignidad, pero sus carencias se hicieron muy evidentes desde los primeros meses de aquel año crucial para la ciudad. Comandada por el vehemente Vjekoslav Sutej, la Sinfónica de Sevilla alcanzó pronto, entre vítores y pasmos, un nivel de calidad equiparable a muchos conjuntos medianos de Europa, a la par que propició un decisivo incremento en la cantidad y la calidad de la oferta formativa para los jóvenes músicos sevillanos.

Luego vino la Expo 92 y por el Maestranza desfilaron algunas de las más importantes orquestas del planeta, de la mano de la mayoría de las grandes batutas del momento, esas que al aficionado sevillano sólo le estaba permitido conocer a través de los discos, las retransmisiones radiofónicas o los viajes. Se vivieron momentos de auténtica euforia, que beneficiaron también a la orquesta hispalense, cuyo número de abonados no cesó de crecer en los años siguientes. Alguna que otra crisis financiera fue solventada sin grandes quebrantos, pero los meses de la Exposición Universal estaban cercanos y desde la dirección del teatro (reabierto de forma regular en 1994) se apostó por mantener una actividad sinfónica paralela a la temporada de abono de la ROSS. Fue un acierto. De la mano de Ibermúsica, y después, aunque algo más modesta en nombres, de ProMúsica, aquello fue como una continuidad del sueño de la Expo. Otra vez los más grandes dejaron rastros del mejor arte directorial del mundo: Celibidache, Sinopoli, Maazel, Inbal, Solti, Chailly, Marriner, Hager, Jansons, Temirkanov, Muti, Frühbeck, Rostropovich, Gergiev, Sawallisch, Dutoit, Tate, Chung, Nagano, Berglund, Pappano, Pletnev, Kitaenko, Leonhardt, Koopman, Pinnock, Brüggen... La llama del sinfonismo parecía haber prendido con fuerza en la ciudad, pero los presupuestos no crecían y en 2003 el Maestranza prescindió del ciclo sinfónico, una de las decisiones más desgraciadas de la historia de la institución. Todavía en las temporadas 2005-06 y siguiente, un efímero Festival navideño de Entreculturas permitió, entre otros, el gozo de escuchar a Claudio Abbado al frente de los jóvenes venezolanos de la Simón Bolívar un Chaikovski incandescente. Hoy día solo quedan las visitas veraniegas de Barenboim y sus estupendos chicos de la West-Eastern Diwan y los irregulares programas de intercambio de la ROSS con otras orquestas españolas (incomprensible que hayan sido tan poco frecuentes con las andaluzas).

El aficionado perdía referencias justo cuando la ROSS iniciaba una nueva etapa de la mano de Pedro Halffter, con plantilla por fin cubierta (¡falta, aún hoy, el concertino, figura vital en una orquesta!) y una apuesta decidida por la renovación del repertorio. Atrás parecían quedar los problemas habidos durante las polémicas titularidades de Klaus Weise y Alain Lombard. Se abría un tiempo nuevo. Pero, llámenlo si quieren casualidad, el último lustro, con una orquesta que ha ido recuperando el brillo y la estabilidad de sus más lucidas galas, ha sido también el de la contracción del público sinfónico en Sevilla. Halffter volvió pronto al redil de una programación mucho más convencional y popular, lo que unido a una inteligente política de precios para los jóvenes, ha generado en las últimas temporadas ocasionales repuntes en la asistencia a los conciertos de abono, pero el fervor de los primeros años se ha ido diluyendo con el tiempo como lágrimas en la lluvia.

Si analizamos la situación actual a la luz de los 20 años transcurridos desde aquel Tambor de granaderos, la conclusión no puede ser otra que la de una crisis lenta y dolorosa, cuya dirección futura no resulta fácil intuir: una ROSS en buena forma, pero con el presupuesto menguado y estancada en repertorio y proyección exterior, y un teatro que, aparte lo que le ofrece su inquilina, no parece en disposición de recuperar la estimulante apuesta orquestal de sus primeros 10 años de existencia. Eso o que el esplendor queda aún demasiado cerca.
[Diario de Sevilla. 28 -04-2011]

lunes, 28 de febrero de 2011

Los últimos de Anemos

[Benet Casablancas. © Juan Lucas]
El proyecto ha sido ilusionante pero breve. En 2009, Diverdi producía, con el apoyo del INAEM, los primeros seis ejemplares de una nueva colección discográfica dedicada a la música española de nuestros días, para la que se escogió la sugerente marca de Anemos, y a finales de 2010 aparecía la segunda tanda, esta vez de cinco referencias, que parece que será también la última, pues los nuevos responsables del Ministerio de Cultura no se muestran muy interesados en seguir adelante con la aventura.

Anemos comenzó su andadura con trabajos monográficos dedicados a Guerrero, Sotelo, Camarero, Rueda, Sánchez-Verdú y Cristóbal Halffter, cuya obra actúa de factor común entre las dos entregas, pues se ofrece ahora el segundo volumen de su música cuartetística, que reúne los Cuartetos nº 2 Mémoires (1970), inspirado en Beethoven, por la fecha del segundo centenario del nacimiento del genial sordo, y nº7 Espacio de silencio (2007), que tiene como punto de partida extramusical a las Coplas de Jorge Manrique. Dos breves obras, Con bravura y sentimiento (1991) y Zeitgestalt (1996), completan el disco. El intenso trabajo del Cuarteto Arditti deja constancia de la importancia de una música siempre coherente y personal que no había tenido entre nosotros la difusión necesaria, acaso cegados por el imponente brillo de la producción orquestal del compositor. La incógnita que se plantea es si algún sello publicará el final de la serie, ya imprescindible.

De Santiago Lanchares (Palencia, 1952) se incluye Castor y Polux (2004-09), un ballet compuesto para piano y percusión en un lenguaje reconociblemente tonal, que carga a la vez con un indisimulable gozo por la melodía (la sensual Leda de la apertura) y una intensa y repetitiva pulsión rítmica (como en la presentación de los gemelos). El percusionista Miguel Bernat y el pianista Ananda Sukarlan, que completa el CD con tres miniaturas del Cuaderno de estilo (2009), se funden en admirable sincronía.

El resto de trabajos está dominado por la orquesta. La de RTVE dirigida por Adrian Leaper presenta cuatro obras de Alfredo Aracil (Madrid, 1954): Giardino-Notte (1994), Adagio con variaciones (1996), Paisaje invisible (en dos partes, que en el CD separa el Adagio; 1999) y Epitafio de Prometeo (2006). En todas ellas se saborea de un modo u otro ese gusto de Aracil por el refinamiento en el trabajo textural, la ingravidez, la levedad y el lirismo. La Nacional de España dirigida por Josep Pons se acerca a tres obras de Benet Casablancas (Sabadell, 1956): Tres epigramas (2001), Alter Klang (2006) y Darkness visible (2009), música de ricas y variadas orquestaciones e inspiración expresionista. Finalmente, Luis de Pablo (Bilbao, 1930) hace acto de presencia con dos encargos de la Orquesta de la RAI: Casi un espejo (2004), un tríptico que se adscribe al último estilo del compositor, cargado de lirismo y una luz diríase mediterránea; y Passio (2005-06), obra ambiciosa, escrita sobre textos de Primo Levi y que enlaza con la gran tradición del género incorporando solistas vocales y coro masculino.
[Diario de Sevilla. 26-02-2011]


miércoles, 2 de febrero de 2011

De Peter Lorre a Pedro Halffter

[Peter Lorre en M, el vampiro de Dusseldorf de Fritz Lang]
En M - Eine Stadt sucht einen Moerder de Fritz Lang (traducida en España como M, el vampiro de Dusseldorf, aunque la cosa no va de vampiros), Peter Lorre da vida de forma brillantísima a un psicópata moderno. Pese al ambiente cultural de la época de realización (1931), Fritz Lang renuncia a las patrañas psicoanalíticas y presenta al personaje en toda su desarmante e ingenua desnudez: Lorre es un asesino de niñas porque no puede ser otra cosa.

Aunque se formara en Alemania y tenga una carrera de marcada tendencia germanófila, Pedro Halffter no tiene nada que ver con el psicópata de Peter Lorre, dios me libre de sugerir nada parecido, ni tampoco nada que ver con Fritz Lang. Pero mire usted por dónde que la crisis los ha acercado. ¿Cómo es eso? Sencillo: la ROSS, de la que Halffter es director artístico, había previsto para su 8º programa de abono de la temporada (que se ofrece 3 y 4 de febrero de 2011 en su sede del Teatro de la Maestranza) la 8ª Sinfonía de Bruckner, pero la economía no está para dispendios y al parecer no hay dinero para los aumentos (la obra requiere madera a tres, ocho trompas, tres trompetas, tuba contrabajo, timbales, percusión, tres arpas y el quinteto de cuerda), así que Halffter ha hecho un apaño sobre la marcha y ofrecerá la 1ª Sinfonía del beato de Linz, los Encantamientos del Viernes Santo del Parsifal de Wagner y la Suite nº1 del Peer Gynt de Grieg, con su famoso En la gruta del rey de la montaña, el tema que silba Peter Lorre en M, la pista que todos seguimos por la pantalla y que termina por condenarlo. Así que ya saben, cuando mañana y pasado suene en el Maestranza la conocida melodía, déjenlo todo y corran a proteger a sus hijas.