miércoles, 29 de agosto de 2012

Dos días en la Casa de Dios

[La bandera del Festival ondea en la Abadía Saint-Robert]
La primera vez que asistí al Festival de La Chaise-Dieu, en el año 2009, acompañaba a la Orquesta Barroca de Sevilla en su segunda gira francesa. Apenas pasé unas horas en el pueblo, pues nos alojábamos en la no demasiado lejana localidad de Le Puy-en-Velay, con su extraordinaria y singular Catedral de Notre-Dame, que en una visita nocturna me pareció casi salida de un sueño. Aquellas horas fueron en cualquier caso suficientes para poder disfrutar de unos deliciosos minutos de meditación en el césped del claustro de la Abadía Saint-Robert, centro neurálgico del Festival (mi amigo Carlos Tarín, que a la meditación llamó "siesta", no me dejará mentir). También me permitió confirmar las razones de nuestro secular atraso con respecto al núcleo duro de la Europa desarrollada, que, en efecto, es, como usted habrá pensado, de orden principalmente tecnológico: por ejemplo, la ingeniería francesa ha encontrado la manera de contrarrestar las acciones de los turistas incívicos que abandonan los excusados públicos sin tirar de la cadena.

[La ingeniería francesa puesta al servicio de la hostelería. La Chaise-Dieu, 2009]
Este año entré en Francia por el aeropuerto de Lyon, desde donde un viaje de dos horas en coche me llevó hasta un lugar muy cercano a La Chaise-Dieu, un pueblecito llamado Bonnefond, situado entre montañas de origen volcánico y bosques de coníferas, que me recibió con lluvia y 10 magníficos grados centígrados de temperatura. Allí fui suavemente depositado a eso de las cinco de la tarde del pasado sábado, en una preciosa casita dedicada al turismo rural que regenta muy amablemente una pareja flamenca con el perro más manso que he conocido en mi vida, lo que deduje (el origen de los dueños, no la mansedubre del can) por la matrícula belga del coche aparcado bajo un cobertizo aledaño a la vivienda y por el idioma neerlandés que acompañaba al francés en las cartulinas con las tarifas colgadas en mi habitación (yo antes era muy lerdo para las deducciones, pero dos temporadas de Sherlock han aguzado la rapidez de mi pensamiento lógico).

[Los alrededores de mi alojamiento en Bonnefond, la tarde del 25 de agosto]
Pero, ¿qué he venido a hacer yo aquí?
Lo dije ya. Vine un par de días a la cuadragésima sexta edición del Festival de música de La Chaise-Dieu, que incluye nada menos que cuarenta conciertos repartidos entre el 22 de agosto y el 2 de septiembre. El Festival se desarrolla este año en La Chaise-Dieu y otras cinco localidades cercanas (Le Puy-en-Velay, Brioude, Ambert, Chamalières-sur-Loire, Saint-Paulien), aunque su centro continúa siendo, desde su fundación en 1966 por el pianista György Cziffra, la gran abadía de Saint-Robert (la del claustro de mi meditación de 2009, sí).

[La Abadía Saint-Robert desde el claustro]
La Chaise-Dieu no llega a los 800 habitantes censados, muchos de los cuales viven la mayor parte del año en otro sitio, y solo vuelven al pueblo en verano, cuando la población aumenta de forma muy significativa, especialmente en las fechas ocupadas por el Festival. Resulta verdaderamente admirable la capacidad organizativa para sacar adelante una muestra de este tamaño en una localidad tan pequeña, que casi no cuenta con plazas hoteleras. Pero sobre eso volveré luego. Ahora me gustaría fijarme en la iglesia de la Abadía, espacio donde se celebran la mayoría de los conciertos, que guarda en su interior un órgano del siglo XVII restaurado por última vez en 1995 y situado en los pies de la nave central. La tarima para los músicos se coloca en el presbiterio, elevado sobre esa misma nave central, que aparece partida por un inmenso coro, que alberga en el centro la tumba del papa Clemente VI, quien recibió su formación teológica en la Abadía. El coro es la zona principal dedicada al público de los conciertos, pero incluso detrás de él, con poca y nula visibilidad sobre el escenario. se colocan más espectadores, que pueden seguir lo que ocurre delante por unas pantallas colocadas al efecto.

[Interior de Saint-Robert desde los pies de la nave central, con el coro rompiendo la visibilidad de la escena]
Estamos en la región de Auvernia, de donde las célebres armonizaciones de Canteloube, en el departamento del Alto Loira, tierra de naturaleza exuberante y salvaje, donde las lentejas, la miel, los champiñones y por supuesto los quesos son manjares cotidianos. No suelo tener problemas para adaptarme a los horarios de comida franceses (tan diferentes de los míos). Así que no me costó nada cenar a las siete de la tarde, especialmente si se tiene en cuenta que no probaba bocado desde que a las doce del mediodía me clavaran 3 euros por una manzana en la T1 de Barajas. El vino era de Burdeos, bastante aceptable, los platos, sabrosos (y energéticos: demasiado) y la compañía, buena, así que pasaré por alto ese mejunje negro que sirvieron al final en una taza de plástico y que oí que alguien llamaba café. Fui en definitiva reconfortado a la primera cita musical del fin de semana, una apetecible Theodora de Haendel que Christoph Spering presentó algo recortadita al frente de su Coro y su Orquesta Nueva de Colonia. Mi recuerdo de 2009 (también con un oratorio de Haendel, Israel en Egipto) era el de una acústica excelente, pero esta vez me pareció algo seca o quizá fue que Spering buscó pretendidamente ese tono mate. El coro es desde luego excelente, y va imponiéndose a medida que la fanática cristiana y el bobo del soldadito se acercan a su final. No conocía a la soprano Anna Palimina, que hizo muy bien de mártir, sobre todo por la permanente cara de angustia que gastó, ya que la voz es pequeñita y la dicción demasiado precaria como para considerarla dominadora del papel. Alex Potter fue todo intensidad de sacrificio sin apenas control y Andreas Karasiak pasó por completo desapercibido por la rudeza de su fraseo. El perseguidor Valens fue encarnado por un bajo al que tampoco conocía de nada, Daniel Raschinsky, que escupe como corresponde sus improperios a diestro y siniestro sin lograr asustar ni conmover en ningún momento. La única que lo hizo fue la contralto Franziska Gottwald, que dejó algunas de las frases mejor dichas y algunos de los pasajes más emotivos de toda la noche.

Alguna cosa más (pero no todo) de un Festival como Dios manda
El de La Chaise-Dieu es un festival pequeño, modesto si se lo compara con los grandes certámenes europeos. Aquello no es Salzburgo ni Bayreuth ni Glyndebourne ni Viena ni nada por el estilo. Ha ido creciendo poco a poco, un paso después del otro, y hoy cuenta con una importante lista de mecenas y patrocinadores institucionales y privados que confían en el poder de atracción de la marca Chaise-Dieu. Nadie se la ha regalado. La han conseguido mediante el trabajo y el cuidado de los detalles. Una tropa de más de cien voluntarios, que se aloja desde dos días antes del comienzo del festival en una especie de pequeña urbanización turística a las afueras, hace que todo funcione a la perfección. La coordinación es fundamental. Cada cual se encarga de lo suyo: hay voluntarios en el departamento de prensa, voluntarios que reciben y acompañan a los músicos, voluntarios que ofrecen información, voluntarios que cortan entradas en las puertas de los conciertos, voluntarios que venden libros, voluntarios en el stand de discos, voluntarios que hacen de chóferes para periodistas y personalidades que visitan la muestra... Y ser voluntario es importante y está bien considerado: el mismo Jean-Michel Mathé, que después de nueve años deja en este la dirección artística, me confesó que antes de director él también fue voluntario.
[Patrocinadores y mecenas]

Las puertas se abren para los espectadores media hora antes de cada espectáculo (siempre, sin demoras), espectáculos que comienzan puntualmente, siempre. Hay por supuesto un libro con la programación del festival, que se vende a 10 euros. Y la gente lo compra masivamente. Primero, porque quienes lo elaboran creen en el producto (que incluye por supuesto, publicidad), y no lo dejan encima de las mesas por si a alguien se le ocurre pedirlo, sino que lo ofrecen (un batallón de niños te espera a la entrada de la Abadía para hacerlo). Segundo, porque los espectadores lo usan, y nadie se queja por tener que cargar cada día con él. Si no tienes el libro, lo que te dan al llegar es una simple hoja de papel fotocopiada con los intérpretes y las obras que se interpretan, sin movimientos ni partes. Por lo que pude hablar con algunos responsables, el libro del Festival (donde aparecen citados los nombres de todos los voluntarios que colaboran en la muestra) es una de sus señas de identidad y de orgullo.

Las entradas no son baratas. Este año, en la zona principal se pagaba 80 euros por ocupar una de las sillas del propio coro (que son cómodas, pero te obligan a sentarte en escorzo para dirigir la mirada a la escena) y 72 por los otros asientos, colocados en hileras con no mucho sitio para las piernas. Tras la reja del coro, las entradas de la parte central, con algo de visibilidad, costaban 24 euros, y las laterales, sin visibilidad, 15. Estos precios tienen rebajas por comprar entradas para tres o más conciertos y también por ser menor de 28 años, parado o beneficiario de alguna ayuda social, unas ventajas que tampoco hacen los precios especialmente populares. Por ejemplo, un parado pagaría en la zona principal de 40 a 36 euros y entre 8 y 12 en la otra zona. En las otras sedes (iglesias y teatros) los conciertos tampoco son mucho más baratos: 52, 42, 38, 29 euros... Y los conciertos se llenan...

Subvenciones, ivas y otras pamemas...
A ver. Los conciertos se llenan. Las entradas para escuchar (y ver) a un grupo barroco francés no especialmente conocido interpretar una misa olvidada del siglo XVII o a una orquesta de jóvenes de no se sabe dónde cuestan 80 y 72 euros, y no hay un asiento vacío. Y vénganme ahora con el cuento del IVA al 21%. ¿Cuántos aficionados están dispuestos a pagar en España 80 euros por escuchar a un grupo barroco local sea cual sea el porcentaje de IVA que incluya la entrada? El problema de la cultura en España no es de las entradas con el IVA al 8 o al 21%. Ya dejé dicho que creo que esta subida del IVA es un error, y que indudablemente afecta gravemente a muchos de los que trabajamos en el sector (a mí desde luego que sí), pero si uno se queda mirando exclusivamente al IVA se le pone cara de tonto y termina por no entender nada. El problema de la música clásica en España (me circunscribiré al sector en el que me muevo y mejor conozco) es sobre todo de tradición, formación y exceso de proteccionismo. Sí, en Francia, los grupos, los festivales y los teatros están muy subvencionados por el gobierno de la república, las regiones, los departamentos y los ayuntamientos, pero los patrocinios privados son también importantísimos y luego, la gente paga cantidades nada despreciables de dinero por asistir a los conciertos, no solo a la ópera verdiana o wagneriana de turno, sino a la actuación de un grupo de polifonía del Renacimiento o de una orquesta no muy célebre llegada de Bruselas o de Suiza. Y la tradición y la formación no se consiguen pasando en un salto de las zapatillas de esparto a los Blahnik de diseño, sino cimentando, dando un pasito detrás del otro, cuidando los detalles de cada convocatoria y cada publicación, fomentando la profesionalización y la competitividad de los músicos, trabajando en la difusión y en la penetración social de las iniciativas, creyendo en lo que se hace y cargándose de paciencia.

Para que luego los conciertos los disfruten unos pocos jubilados. Sí, justo para eso. En La Chaise-Dieu el público es predominantemente francés y su edad media dudo que baje de los 55 años. A mí nunca me ha parecido eso un problema grave. No creo que el Apocalipsis esté a la vuelta de la esquina. Cuando yo tenía 25 años, la cosa era muy parecida. Hay una serie de filtros para el acceso a los conciertos de música clásica: los hay de orden económico y educativo y también de naturaleza sociológica, y todos tienen el efecto de incrementar la edad media de los espectadores. Me parece normal que un chico de 16 años prefiera los ritmos de moda a una sinfonía de Bruckner, y no creo que sea una tragedia que los teatros no estén llenos de veinteañeros. Hay que trabajar para conseguir que cualquier joven que desee asistir a un concierto o una ópera tenga ocasión de hacerlo, pero si no quiere, tampoco pasa nada: la edad llevará a una parte de esos jóvenes hacia la música clásica, y lo que de verdad importa es ofrecerles entonces espectáculos de calidad, bien contextualizados, y que para ello puedan ser convenientemente orientados y guiados. Hay quien piensa que los ritos asociados a la música culta espantan a los jóvenes. A mí me parece una soberana chorrada. La cultura (entendida ahora en el más amplio de sus sentidos) es en esencia ritual. Los ritos van cambiando, y la iniciación en algo nuevo exige siempre una adaptación, en el fondo poco costosa. No creo que sea más solemne ir por primera vez a una ópera que a la boda de tu hermano.

El Domingo es el día del Señor
Siempre he admirado a esas personas que dieron grandes giros a sus vidas a causa de una súbita revelación. Yo era un tal y un cual pero un día el Señor me habló al oído y mi vida cambió radicalmente. Yo estaba sentado en mi jardín, vi caer una manzana y en ese preciso momento entendí cómo era que el mundo funcionaba. A mí me llevaron a una corrida de toros y justo al caerse el caballo tuve una auténtica revelación del altísimo: me hice vegano. Cosas así. No sé la de veces que he esperado mi propia revelación. Indeciso por naturaleza, deseaba fervientemente que algo llegara (de arriba o de abajo, me daba igual) y me marcara el camino. Pero nada. Y en esas llegó el domingo, y allí, a más de mil metros de altitud, en  la casa de Dios, el día del Señor, en medio de la salvaje naturaleza, preparándome para la música pía, sospeché que sería una buena ocasión para que de una vez se me presentara la revelación. Quién sabe, a lo mejor producto de ella acababa abondándolo todo y tomando un tren que me llevaba hasta los confines de Eurasia en busca de la auténtica sabiduría.

[Esperando la revelación]
El día había amanecido despejado, pero pronto volvió a nublarse. Estábamos a unos 12ºC. No me molestó que el almuerzo fuera a las 12.30 (la hora habitual de mi yogur de mediodia). El vino no era esta vez tan bueno, pero estaba fresquito y entraba bien. Me costó en cambio trasegar el paté. Por suerte la salsa del pescado era ligera y la compañía de las lentejas realzaba su sabor. Obvié los quesos más grasos y me peleé duro con la base de una tartaleta de frutos del bosque. A la mesa se sentaban el director artístico del festival, algunos músicos, un productor discográfico, un par de colegas de la prensa internacional y hasta un psicoanalista llegado de Toulouse (me quedé con ganas de preguntarle si pertenecía a la rama lacaniana, que siempre me ha parecido tan excitante). Se habló de música, de Gilles, de Lablache, del mercado del disco, de la economía y de la carne de pato que algunos pidieron. Esta vez no caí en la trampa, y esperé a ver el café que servían para pedirlo. Tampoco se llevará ninguna medalla internacional.

Acabada la comida, cada uno se fue a lo suyo y yo, mientras esperaba la llegada del primer concierto, programado a las 16 horas, decidí despistarme un rato para dedicarme a la meditación. No tardé en dar con un sitio que me pareció ideal: el parque y el árbol que han quedado inmortalizados arriba. Tomé una piña en mis manos y admiré la perfección de su geometría, la combinación absolutamente regular y funcional de partes duras y blandas. Como salida de las manos de un ingeniero. Aquel era el momento. Sí, lo intuía. Con la modorra y la quietud de la tarde algo se me habría de revelar, algo crucial, que cambiaría mi vida para siempre. Pero terminada de mirar y remirar la piña, pasado el adormilamiento, todo seguía igual. Ninguna idea genial se me había ocurrido. Así que probé con el vecino cementerio.

[Cementerio de La Chaise-Dieu]
Llámeme macabro quien lo desee, pero me encantan los cementerios, los antiguos cementerios, no esa alineación racionalista y aséptica de nichos en que se han convertido hoy muchos de nuestros camposantos. En un cementerio uno siempre encuentra historias, que a menudo son fascinantes y conmovedoras: recuerdos de niños que se fueron demasiado pronto, fotos inverosímiles, amantes fallecidos con apenas unos meses de diferencia, caídos por la patria... Paseé entre las sepulturas, las flores y los jaramagos, intercambiando leves agitaciones de cabeza con otros visitantes, mirada grave y mente despierta. Pero tampoco hubo revelación alguna. Acaso en la misa.

Porque tenía al momento una misa. El Coro de Cámara Les Eléments y el conjunto orquestal Les Passions - Orquesta Barroca de Montauban (hacía solo unos meses que había estado yo en el cementerio de Montauban, visitando la tumba de un muerto ilustre, Manuel Azaña), dirigidos por Jean-Marc Andrieu ofrecían una Misa en re y un Te Deum de Jean Gilles. Hasta hace muy poco, Gilles era casi exclusivamente conocido por su Réquiem, pero recientemente Andrieu ha profundizado en su obra, grabando para el sello Ligia una versión original del Réquiem, más sobria que la que solía hacerse, que fue orquestada por Michel Corrette, un disco de Lamentaciones y el mismo programa que ofrecía ahora en La Chaise-Dieu, que había sido presentado en mayo en Toulouse. La Misa, escrita en fecha inconcreta y con algunas lagunas, ha sido completada por el propio director del conjunto, y es una obra fastuosa, monumental, de casi 50 minutos de duración, con el uso tan francés de pequeñas agrupaciones camerísticas de voces (sobre todo, tríos) opuestas al coro. El Te Deum, escrito en 1698, cuando Gilles era maestro de capilla en Toulouse, y con motivo de la Paz de Ryswick, comparte algunas de las características de la misa, como su variedad textural y su carácter solemne, aunque no se usen en ningún caso ni metales ni timbales. De los solistas, no conocía a la soprano Anne Magouët, que me pareció una cantante intensa y de medios más que notables. Aunque sus voces parecen a menudo algo blanquecinas, el haute-contre Vincent Lièvre-Picard y el tenor Jean-François Novelli cantan siempre con un refinamiento y una claridad de línea exquisitos. A Alain Buet lo encontré en cambio un poco excesivo, tirando de gola más de lo deseable, hasta llegar por momentos a unos trémolos que eran molestos. Está mucho mejor, más limpio y sobrio, en el disco. Buen acompañamiento, con la originalidad de un serpentón en el bajo continuo, que, como la tiorba, se escuchó poco.

[Entre concierto y concierto, algunos grupos amenizan a los asistentes tocando en el Claustro de la Abadía]
Vida social
Los horarios en la Abadía Saint-Robert se cumplen religiosamente (ejem), entre otras cosas porque los conciertos se suceden unos a otros (a veces tres en una misma tarde-noche) y hay que programar además pruebas de sonido y tener en cuenta que el espectador va a encontrar el acceso abierto siempre justo media hora antes del comienzo de su espectáculo. Este año además han ideado actuaciones en el claustro entre concierto y concierto, como la del cuarteto de metales de arriba, que se dedicó especialmente a Kurt Weill. Pero hay otro aspecto que es fundamental para cualquier festival que se precie, que es el de los contactos, sociales y profesionales. En La Chaise-Dieu hay ambiente de festival: las reuniones en corros, los gestos tras un reencuentro de años, los libros de programa paseando por toda la ciudad así lo indican. Además, luego están los cocktails, a los que los periodistas solemos ser invitados, pero que son algo más que recepciones previstas para proyectar una imagen de cierto glamour al exterior o para que los patrocinadores se conviertan en el punto de atención de las personalidades vips. En ocasiones, son auténticas reafirmaciones de ciudadanía, a las que algunos asisten con sus condecoraciones y en las que tienen lugar actos solemnes de entrega de otras nuevas "en nombre del presidente de la República". Dos días estuve en La Chaise-Dieu y por dos cocktails pasé, recepciones en los que no había forma de encontrar una cerveza, pero sí champán (la marca de un patrocinador), granizada de limón, deliciosos pastelillos y fresas. El de la tarde del domingo incluyó discursos y medallas, fotos y vídeos. Todos aplaudimos, algunos más circunspectos que entusiasmados.

Salí con tiempo de dar un paseo, de decidir a última hora no comprar un queso que me habían recomendado, por si cantaba más de la cuenta durante el concierto, de charlar con unos y con otros, de rechazar una cena formal y preferir una ensaladita en la barra de un bar. Esperaban los ingleses. Poco se puede decir de la Orquesta del Festival de Gstaad que no se haya dicho de otras orquestas juveniles de sus características: que el nivel medio es excelente para ser chicos que no forman un conjunto regular, pero que su sonido no tiene siempre ni la personalidad ni la definición del de los grandes conjuntos profesionales. A Kristjan Järvi, que pese a su aspecto jovial y teenager ha entrado ya en los 40, no lo conocía, ni falta que me hacía. Se quitó de un plumazo la Guía de Britten sobre Purcell, hizo unos Planetas irregulares, con constantes sacudidas y frenazos, casi de montaña rusa, y acompañó con solvencia a Sol Gabetta en el Concierto de Elgar. Lejos de la trascendencia honda y melancólica de las versiones míticas, la argentina, envuelta en un elegante y sugerente traje blanco (me dijeron que hasta poco antes de salir estuvo dudando si blanco o rojo), ofreció una versión de muy exquisita cantabilidad, teñida de cierta nostalgia en sus tiempos lentos, pero con una tendencia al vigor rítmico que se afianzó en el Finale. Fuera de programa pudimos escucharla hasta taraear una melodía de Peteris Vasks.

Regresé a mi habitación cansado y sin revelación. Quizá el lunes me ofreciera aún alguna oportunidad insospechada.

[Alrededores de Bonnefond el lunes 27 de agosto]
Donde la revelación se me escapa por poco y casi me hago naturalista
El día amaneció espléndido. Después del desayuno (olvidable una vez más, qué cruz, el café, delicioso el yogur) y de despedirme de mis parisinos compañeros de pensión, que iban de excursión a no sé dónde, aún me quedaban dos horas hasta la cita con Luce, mi gentil choferesa, que había de devolverme al aeropuerto de Lyon. Así que decidí lanzarme a la aventura y, tras dejarme aconsejar por mi patrón sobre el mejor recorrido posible, me dispuse a penetrar ardorosamente en un bosque de abetos. Sin arredrarme. Quién sabe si hallaría por fin mi tan deseada revelación y me quedaría a vivir allí, olvidándome de Luce, de Lyon y del mundo.

[Adentrándome valiente y decidido en el bosque]
Dos días antes, bajo la tenue lluvia, había salido yo a la puerta de la casa y me empapé de silencio. Ni los pájaros cantaban. Solo la leve brisa que agitaba la copa de los árboles y el repiqueteo manso de las gotas de agua rompían de vez en cuando la paz sonora de la tarde. Soy urbanícola. No sé realmente cuánto tiempo resistiría aislado de la vida de la ciudad, pero si hay algo que echo auténticamente de menos en nuestras urbes es el silencio persistente y perfecto, el que había experimentado unos días antes en una ermita de un pueblo extremeño, el de esa tarde de sábado en la Auvernia. No escuchar nada. Y poder sentir, como Cage en aquella cámara anecoica, el sonido de la propia circulación de tu sangre. La mañana del lunes era algo diferente, aunque también muy insinuante. Apenas se escuchaba el canto aislado de un pájaro seguido por la respuesta de uno de sus congéneres (eché tanto de menos no haber sido en ese preciso instante Olivier Messiaen) o el chirrido persistente de algunos insectos. Volveré sobre ellos. Pero me había quedado adentrándome en un precioso bosque de abetos por un sendero lleno de piñas, hojarasca y boñigas de caballo. Avanzados 200, 300 metros era otra vez el silencio casi absoluto acompañado ahora de la penumbra. Había algo inquietante en todo aquello, y no era que esperara yo ver aparecer al lobo de Caperucita (aunque lo pensé: de repente, una manada de lobos hambrientos: la revelación absoluta), sino la falta de armonía, el desorden a que tiende todo lo natural. Pese a la mano del hombre, que era evidente en muchas zonas, había ramas y árboles caidos por doquier, claros inesperados, zonas de absoluta oscuridad, cortes abruptos del terreno, y alguna seta cuyo colorido rompía la homogeneidad cromática que se habría esperado de la estación.

[Los árboles caídos, en espera de la llegada de la trascendencia]
Supe por supuesto que todos aquellos árboles eran aprovechados como leña por los vecinos para el invierno. No en vano había visto multitud de leños perfectamente apiñados y alineados en diferentes zonas de los alrededores. Al volver, y comentarlo con el patrón, me lo confirmó entre risas antes de rematarlo con un chiste ("une petite histoire, une blague zen"): "Un árbol cae en un bosque en el que no hay ningún ser humano. ¿A quién le echan la culpa los ecologistas?". Reí yo también.

[Una seta rompiendo los tonos marrones, grises y verdes del suelo]
Caminé por el sendero principal del bosque durante unos 35 minutos, y decidí regresar cuando tropecé con un desnivel del terreno que me habría resultar comodísimo descender, pero que luego tendría que haber subido, con el consiguiente perjuicio para mis gemelos, ya castigados. La vuelta se me hizo corta. Volví al claro, al sol, al verde intenso de la yerba y al chirrido de las cigarras. Andaba yo intrigado por el bichito que producía ese característico ruido, parecido, pero más tenue y suave que el que las chicharras producen en Andalucía en las noches más calurosas del verano. Busqué y encontré. Primero un insecto pequeño, que no me pareció responsable verosímil de ese jolgorio.

[Este bichito marrón no puede producir ese ruido]
Luego al fin, a pesar del camuflaje, el secreto de la cigarra desvelado.

[Es golpeando entre sí los filamentos marrones que tienen en la parte superior de la espalda como las cigarras chirrían]
Dejé a las cigarras envueltas en sus conversaciones amorosas y me puse a perseguir mariposas y colibríes, aunque colibrí no encontré ninguno. Sí en cambio un abejorro en plena libación. Y pensé en la abeja Maya y en Willy, mientras los saltamontes hacían alardes olímpicos a mi paso.

[Un abejorro en plena faena]
La hora de marcharme se acercaba, y pese a mis esfuerzos, no había conseguido nada parecido a una auténtica revelación, de esas que ponen tu vida del revés. Y si después de dos días en la Casa de Dios, entre música celestial, niebla, bosques y silencio no lo había conseguido, quizá no lo lograra ya nunca... Me senté por última vez a meditar, envuelto en la brisa que bajaba de la montaña, los tibios rayos del sol y los chirridos ahora lejanos de las cigarras.

[Meditación final]
Nada. Mi epifanía tendría que esperar. Aunque ahora sabía una cosa más. Escribo de música porque no sé hacerlo del silencio.

1 comentario:

Bianca Pascuchelli dijo...

Definitivamente un buen lugar para estar tranquilo y ver cigarras es un campo en la provincia de Buenos Aires. Hace mucho que tengo ganas de viajar por Sudamérica pero mi idea es estar tranquila, no pasar por las grandes ciudades. Me dijeron que hay alquiler de departamentos en Buenos Aires pero en las zonas más alejadas de la campital, o que por lo menos no están dentro de ellas, como ser Olivos, Vicente Lopez, San Isidro. Ahí las calles son poco transitadas, hay mucho verde gracias a la cantidad de árboles y los jardines que los propios vecinos diseñan y dicen que se respira una paz dificil de encontrar en una zona residencial. Creo que voy a inclinarme por esa zona!